El Milagrito

El Accidente

Cuando tenía un año y medio sufrí un accidente muy grave. Me encontraba jugando cuando sorpresivamente me cayó encima una jarra con agua hirviendo. El agua me quemó ambos brazos y el pecho, y hasta la fecha llevo las cicatrices.

Las quemaduras fueron sólo de primer y segundo grado superficial, pero dado el porcentaje del cuerpo afectado me internaron inmediatamente.

Los meses que siguieron fueron tortuosos, tanto para mí como para mis papás.

Las curaciones eran tormentos cotidianos. Luego de ser remojado por horas, las enfermeras procedían a lavar la herida hasta sangrarme para quitar las secreciones. Dada mi edad y mi estado de salud no era posible utilizar ninguna clase de anestesia. En incontables ocasiones mis papás tuvieron que escucharme implorándole a la enfermera que se detuviera; llegó el momento en que ya ni lloraba, sólo rechinaba los dientes mientras los veía con desesperación y angustia. Con lágrimas en los ojos mis papás me han descrito su impotencia y su dolor al tener que verme sufrir de esa manera.

Mis papás nunca me dejaron solo. Ambos pidieron permiso en el trabajo para poder turnarse y estar conmigo las 24 horas del día. Se dieron a la tarea de llevar un estricto control de las indicaciones del médico: medicamentos, dosis, control de líquidos, absolutamente todo. Cada vez que era hora de suministrarme algún medicamento, ellos verificaban con la enfermera que fuera el medicamento y la dosis prescritos, haciendo las correcciones pertinentes. A pesar de la molestia que su estricto control causaba en el personal del hospital, sus cuidados se intensificaron luego de un muy desafortunado incidente.

Misael era un niño de 3 años que se encontraba conmigo en el área de quemaduras; él se había quemado con sebo caliente y su herida estaba sanando bastante bien. En una ocasión, la enfermera se dirigió a mí para comenzar con las infames curaciones. La mamá de Misael intervino y comentó que su hijo había estado remojándose más tiempo y que le tocaba que lo curaran primero. Mi mamá sin ningún problema accedió salvándome así la vida sin saberlo: al comenzar la curación la piel de Misael se tornó morada; él comenzó a asfixiarse y después de varias convulsiones perdió la vida. Aparentemente la enfermera no diluyó la solución de Benzal líquido e Isodine.

Luego del horror vivido con Misael, con el tratamiento médico y la constante vigilia de mis papás comencé a recuperarme. Lamentablemente, a pesar de las precauciones por mantener un ambiente estéril, a las pocas semanas contraje varicela. Mi cuerpo se cubrió de pústulas y la herida aún abierta se infectó. Para evitar el riesgo de una septicemia, las pústulas tenían que ser removidas de las áreas quemadas con tijeras dentadas durante las curaciones.

Con la varicela mi condición comenzó a deteriorarse rápidamente. Llegó el momento en que dejé de comer y tuve que ser alimentado a través de sueros. Luego de un tiempo mis venas y arterias se deterioraron a tal grado que hubo necesidad de practicarme una veno-disección arriba del tobillo para alimentarme. La falta de alimento sólido llevó a que mi estómago se distendiera; comencé a presentar arritmias cardiacas y problemas pulmonares, además de las constantes convulsiones nocturnas provocadas por la falta de electrolitos. Luego de algunas semanas el jefe de pediatría, el doctor Eguiza, le dijo a mi papá que ya no había más que se pudiera hacer; que el deceso podría darse en cualquier momento.

El ‘Milagro’

Lo que sucedió después es algo que mi mamá hasta la fecha describe sin reservas como un milagro.

Ella terminaba su ronda del día en el hospital y salió del mismo sin rumbo fijo. Después de caminar por horas, hundida en su pena y sumergida en su miedo de perderme, llegó a una iglesia. Entró, rezó, lloró, y en su mente le habló a Dios: “si es tu voluntad, llévatelo, no quiero que siga sufriendo”.

En ese momento se percató de que había un frasco tirado. Sin dudar lo llenó de agua bendita, metió a escondidas el frasco al hospital, y en un acto de desesperación me dio a tomar el agua. Mi papá supo de esto hasta mucho después y los doctores nunca se enteraron.

Dada mi condición en general, y el estado de mi sistema digestivo en particular, uno podría pensar que el tomar agua innegablemente insalubre habría sido desastroso; increíblemente, sin embargo, a la mañana siguiente salí del letargo que me había envuelto por semanas y pedí sopa.

El doctor Eguiza, considerando que podría ser mi última comida, dio la orden para que me sirvieran un menú normal a pesar del peligro que representaba para mí el comer alimento sólido. A partir de ese día, sin embargo, ante el asombro del personal del hospital, comencé a recuperarme.

En el transcurso de dos semanas estaba fuera de peligro y fuera del hospital. Fue el mismo doctor Eguiza quien me bautizó como ‘El Milagrito’. De hecho, luego de mi recuperación se convirtió al Cristianismo dado que le atribuyó mi salvación a Jesús dadas las oraciones de mis papás.

¿Cómo puedo considerarme ateo?

Varias personas que conocen esta historia me han preguntado que cómo puedo ser ateo después de todo esto: “¿Cómo explicas lo que pasó? Pediste sopa ¡AL OTRO DÍA!”, “¿Y qué me dices de Misael? ¡La enfermera iba a curarte a ti!”, “¡Tanto el agua bendita como la comida que te dieron después pudieron matarte!”, “¡Ni el doctor tuvo una explicación para tu caso!”

Honestamente acepto que no puedo explicarlo. Sin embargo, tampoco puedo aceptar que fue un milagro—una transgresión intencional a las leyes naturales del universo llevada a cabo por Dios, el creador del universo.

El argumento principal es que existe una diferencia abismal entre algo que es muy poco, incluso infinitesimalmente, probable y algo que es imposible: si no compro boleto de lotería es imposible que gane; por el contrario, si sí lo compro, aunque es muy pero muy poco probable, puedo ganar.

En palabras de los expertos mi recuperación era muy poco probable, a tal grado que se pensó que no sobreviviría, pero ¿fue en realidad más bien imposible en el sentido de que forzosamente Dios tuvo que romper las leyes naturales para que pudiera recuperarme? ¿Es de verdad inconcebible pensar en un escenario muy poco probable en el que mi recuperación se diera respetando las leyes del universo?

Hay eventos muy pero muy poco probables que ocurren de manera relativamente frecuente; existen varios libros y publicaciones que describen algunos de los más extraordinarios (e.g., [1, 2]).

A pesar de que muchos de estos eventos se mantienen sin explicación, es importante entender que el hecho de que no se tenga explicación natural no quiere decir que ésta no exista. A lo largo de los siglos, dada nuestra ignorancia, hemos atribuido un gran número de fenómenos, ahora considerados naturales, a diversos agentes sobrenaturales.

La hipótesis de que mi recuperación fue un milagro no se puede falsificar; es decir, es imposible probar que no lo fue. De cualquier manera, hay sólo dos posibilidades: o fue un milagro o no lo fue. Dado que la segunda de estas dos opciones no requiere la existencia de un ser capaz de romper las leyes naturales que, además, decidió por alguna razón misteriosa intervenir para salvarme, considero que ésta es la más probable.

Ignorando por un momento lo que considero más probable, existen también razones de índole moral por las cuales prefiero creer que Dios no tuvo nada que ver con mi recuperación.

Si acepto que mi recuperación fue milagrosa, ¿qué hay de Misael? Ambos éramos niños inocentes, pero ¿él sí merecía morir? ¿No sería injusto por parte de Dios salvar a uno y no al otro?

Vamos a imaginar por el momento que hay una explicación para que Dios decidiera salvarme a mí y no a Misael. Si Dios, en su infinita sabiduría, tenía decidido que yo iba a sobrevivir, ¿acaso no pudo, de la misma manera en que supuestamente rompió las leyes naturales para salvarme, simplemente haber evitado el accidente? ¿Qué necesidad había de tanto sufrimiento, angustia, y zozobra?

El Dios al que mi mamá le atribuye mi recuperación es un Dios de amor y justicia, me resisto a pensar que toda la experiencia fue una prueba de fe o algo similar. Definitivamente prefiero un Dios indiferente, incluso uno inexistente, a uno sádico.

Finalmente, incluso si dejamos de lado todas estas importantes cuestiones, ¿qué clase de ególatra megalómano tendría que ser para creer que el mismísimo creador del universo personalmente intervino para salvarme?

Los Verdaderos Héroes

Seguramente nunca sabré si Dios intervino o no en mi recuperación, pero lo que sí sé, sin lugar a dudas, es que ésta habría sido todavía muchísimo menos probable de no haber sido por toda la gente involucrada en mi tratamiento médico.

¡Gracias a las incontables personas que a través de los siglos han contribuido al desarrollo de la medicina!

¡Gracias al equipo del doctor Eguiza por su experiencia y por su labor!

Por último y sobre todo, gracias a mis papás. ¡Gracias desde el fondo de mi corazón! Por su amor incondicional, por su vigilia voluntariamente asumida, constante y minuciosa, por tantas y tantas horas de impotencia, angustia, y sufrimiento.

Honor a quien honor merece; son todos ellos, personas de carne y hueso, a quienes considero los verdaderos héroes de la historia; son ellos quienes innegablemente y sin lugar a duda merecen los honores y a quienes debo mi vida.

Porto mis cicatrices con orgullo. Éstas representan para mí el hecho de que a pesar de que estamos irremediablemente sujetos a los caprichos crueles del universo, a través de nuestra razón, nuestro trabajo, y el amor que sentimos por nuestros semejantes, tenemos el poder de hacer de cosas casi imposibles felices realidades.

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Hekanibru

P.D. Afortunadamente yo no recuerdo de nada de lo ocurrido. Todo lo descrito aquí lo sé por mis papás. Les dejo aquí la historia en palabras de mi papá.

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10 pensamientos en “El Milagrito

  1. awwww como en el climax quize llorar jeje… pero si, estoy de acuerdo contigo… aunque yo en lo particular creo en los milagros… he pedido cosas “a prueba” jajaj y “alguien” me escucha … Dios… el universo… la naturaleza… no lo se

  2. Creo que la parte que más me hace reflexionar de tu historia es “…¿qué clase de ególatra megalomaniaco tendría que ser para creer que el mismísimo creador del universo personalmente intervino para salvarme?…”
    No sabía del todo tu historia, sólo un poco y sin embargo, yo me quedo con un Dios indiferente… Saludos Héctor que estés bien!

  3. Recordar el evento más triste que he vivido, después de 29 años sigue doliendo, sin embargo me da gusto saber que has superado en todos los aspectos tan terrible accidente, más aún, ver que eres un gran ser humano, realizado y triunfador. Sabes que me siento muy orgulloso de ti. Te quiero hijo.

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