Fantasmas en la oscuridad

La siguiente historia es verídica, le sucedió a mi papá hace ya muchos años.

*

Regresaba de visitar a mi novia de ese entonces. Luego de unos 4 kilómetros sobre la carretera de Santa Cruz de Juventino Rosas hacia Salamanca, Guanajuato, me desvié al llegar al caserío de Santa María.

Pasaban de las 12 de la noche, se me había hecho tarde para regresar. No había alumbrado público. El camino era de tierra y sinuoso, ancho en algunos tramos y de aproximadamente un metro en algunos otros, a los lados había pequeños arbustos espinosos y surcos de tierra que preparaban para luego sembrar. Con una lámpara de pilas en la mano alumbraba el camino. Temía que se me ponchara alguna llanta de la bicicleta.

La lámpara falló y me quedé solo con la iluminación de la luna. A decir verdad me parecía suficiente pues no era la primera vez que viajaba en esas condiciones. Lo único que me preocupaba era que no pudiera ver a alguna serpiente en el camino y me pudiera morder.

A lo lejos podía ver las luces de los carros que corrían por la autopista México-Nuevo Laredo; era una señal de que pronto llegaría a mi destino.

De pronto todo cambió.

Sobre la ruta a unos 100 metros de distancia se movía algo. Flotaba a unos metros y el movimiento era como si se tratara de un papalote, pero la forma era clara. ¡Un fantasma!

Me detuve. Bajé de la bicicleta al tiempo que recordaba lo que pensé al ver la procesión con el féretro de Don Remi algunos días antes: “que tal si luego se me aparece”.

¡Don Remi! ¡Qué horror!

Tomé mi bicicleta, me la eché al hombro, y corrí a través de los terrenos rezando con toda mi fe para sentirme protegido. Rodear al fantasma me llevó una hora adicional que se me hizo eterna.

Mucha gente dice que los fantasmas no existen, pero a mí nadie me cuenta. Yo lo ví. Ahí estaba.

Hasta la fecha no sé por qué Don Remi se me apareció. Cuentan en el pueblo que las almas en pena pueden quedarse extraviadas en este mundo. Supongo que tenía asuntos pendientes que no pudo resolver en vida. Le pido a Dios que Don Remi encuentre algún día el descanso eterno.

Dado que rodear al fantasma me llevaría mucho tiempo y esfuerzo, me armé de valor. Avancé lentamente empujando la bicicleta sobre el camino, sentía mucho miedo. Esperaba que de pronto el fantasma se desvaneciera, luchaba mentalmente para no recordar la escena del féretro y Don Remi.

Luego, al estar a unos 30 metros de distancia pude ver la sombra de un árbol en cuyas ramas se escondía el fantasma. Rezaba varias oraciones a manera de sentirme protegido, el árbol estaba a un lado del camino.

Cuando llegué a un costado, ¡cuál sería mi sorpresa al descubrir que se trataba de un plástico blanco atorado en las ramas iluminado con la luz de la luna!

Con las piernas flojas por el miedo, jalé el plástico y lo tiré al piso, me subí nuevamente a la bicicleta y retomé mi camino.

*

¿Qué final te gustó más?

El final de la derecha es el real. Mi papá tuvo el valor de enfrentarse a lo desconocido y darse cuenta de que, en realidad, había una explicación mucho menos escalofriante.

¿Cuántas historias de fantasmas habrán surgido del miedo a investigar?

Hekanibru

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