Cambio de Paradigmas

Todos aquellos que estamos a favor de la ciencia nos vanagloriamos con el hecho de que, a diferencia de los dogmas religiosos, las teorías científicas no son intocables: si alguna teoría resulta incorrecta, ésta es modificada o reemplazada, llevando en este último caso a lo que Thomas Kuhn bautizó como una revolución científica. Todos sabemos bien lo que les pasó a la idea de que la tierra era plana, al modelo geocéntrico de Tolomeo, al flogisto, y al éter.

Thomas Kuhn distingue tres etapas en el proceso del desarrollo científico. En la primera fase, la llamada fase precientífica que ocurre una sola vez, no existe consenso sobre ninguna teoría en particular. Esta fase se caracteriza por presentar numerosas teorías incompatibles e/o incompletas. Si los individuos de una comunidad precientífica logran un amplio consenso sobre los métodos, la terminología, y la clase de experimentos que pueden contribuir a mayores descubrimientos, da comienzo la segunda fase, o ciencia normal. Toda ciencia puede atravesar luego, varias fases de ciencia revolucionaria.

Según Kuhn, una revolución científica se da cuando la comunidad científica encuentra anomalías—observaciones que no pueden ser explicadas—en el paradigma aceptado mayoritariamente de acuerdo con el progreso científico del momento. Es importante señalar—tal como Kuhn lo hace en su excelente libro “La estructura de las revoluciones científicas“—que toda teoría presenta anomalías; por lo tanto, una teoría científica no se pone en tela de juicio sólo por tenerlas, sino dependiendo de qué tan graves sean. Cuando suficientes anomalías graves son encontradas, la disciplina científica en cuestión entra en una etapa de crisis. Durante esta etapa varias ideas alternativas son propuestas; eventualmente se forma un nuevo paradigma y comienza una guerra intelectual entre los seguidores del nuevo paradigma y los defensores del antiguo. Una vez que una disciplina ha cambiado de un paradigma a otro, en términos de Kuhn ha ocurrido una revolución científica.

Uno podría suponer que el decidir cuál es el mejor paradigma científico entre dos alternativas es simplemente cuestión de realizar unos cuantos experimentos; digo, estamos tratando con ciencia no filosofía, ¿no es así?

Kuhn señala que el proceso es mucho más complejo de lo que a muchos nos gustaría pensar. De entrada, una de sus ideas más controversiales, es que el paradigma que precede una revolución científica es tan diferente del que lo sigue, que sus teorías no son comparables. El cambio de paradigma no es una mera revisión o transformación de una teoría aislada, sino que implica un cambio en la terminología, en el tipo de preguntas que se consideran válidas, y en las reglas utilizadas para determinar la verdad de una teoría en particular. Por lo tanto, según don Kuhn, dado que la terminología con su connotación especial es parte integral de un paradigma, es imposible establecer un lenguaje imparcial que pueda usarse para realizar una comparación neutral entre los paradigmas. En palabras del propio Kuhn, los defensores de cada paradigma se encuentran separados por un abismo insalvable: “aunque cada uno de ellos puede albergar la esperanza de convertir al otro a su propia manera de ver la ciencia y sus problemas, ninguno puede esperar demostrar que está en lo cierto. La competencia entre paradigmas no es el tipo de batalla que puede ser resuelta en base a pruebas.”

¿O sea que según Kuhn no se puede hablar de un avance científico dado que ningún par de teorías son comparables? Sí, las ideas de Kuhn pueden sonar un tanto difíciles de aceptar a primera vista. Sin embargo, el argumento de Kuhn—que espero poder presentar aquí con más detalle en cuanto tenga más elementos—está muy bien formulado y no es para nada fácil de contradecir.

Pero aun si por el momento rechazamos a Kuhn y suponemos que dos teorías sí pueden ser comparadas objetivamente, las revoluciones científicas no son miel sobre ojuelas de ninguna manera. Por ejemplo, el inicio del siglo XX fue testigo de la guerra intelectual entre los defensores de la visión del mundo basada en la teoría del electromagnetismo de Maxwell (con su famoso éter), y aquella basada en la teoría de la relatividad de Einstein. El cambio de paradigma se dio eventualmente pero no fue de ninguna manera repentino o calmado. Pasaron años de artículo tras artículo tanto de un lado como del otro, para que finalmente la existencia del éter fuera rechazada por la mayoría. Estas guerras de teorías suelen ser tan poco razonables y objetivas, que de manera extremista Max Plack alguna vez dijo: “una nueva verdad científica no triunfa convenciendo a sus oponentes al hacerles ver la luz, sino más bien porque éstos eventualmente mueren y la nueva generación crece familiarizada con la nueva visión”.

Así pues, por mucho que nos encantaría que el desarrollo científico fuera un proceso ordenado, razonable, y objetivo, no podemos olvidarnos que después de todo los científicos son seres humanos. Seres humanos con sus idiosincracias, caprichos, y necedades. Einstein nunca aceptó la mecánica cuántica (cf. “Dios no juega a los dados”). Incluso los más grandes genios están sujetos a su humanidad.

Hekanibru

P.D. Sólo por diversión, les recomiendo que le echen un ojo a esta lista de teorías obsoletas (¡qué estaban pensando? :ñ).

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