El Loco de las Polillas

La historia narrada en este post está basada en hechos reales.1

Lo que pasó en mi pueblo no es una historia fácil de contar. Me rehuso a creer que Dios pudo haber creado algo tan espantoso; sin duda, esto tuvo que haber sido la obra de Satanás.

El gobierno por supuesto no admite nada. La gente que ahora vive en el pueblo dice que siempre ha vivido ahí, que no saben nada del asunto. Pero yo sé que son impostores, puesto que de los habitantes originales, sólo quedo yo.

Todo empezó con José Luis, el hijo del carnicero. José Luis era un muchacho normal. Yo, como doctor del pueblo, lo veía muy poco, era un muchacho muy sano.

Los primeros en notar algo extraño fueron sus familiares. Por alguna razón que nadie terminaba de entender, José Luis adquirió una repentina fascinación por las alturas: en los días anteriores a su desaparición, continuamente se le encontraba en el techo del granero, en el campanario de la iglesia, o subido en un árbol. Además, por si fuera poco, cada día se le veía más callado, más perdido, más lento. Era como si de pronto entrara en una especie de trance, que se hacía más y más severo.

Luego de dos semanas finalmente lo encontraron. Estaba en estado de descomposición, desnudo, y famélico; en su cara una expresión de angustia y dolor. Increíblemente, lo más sorprendente del caso no fue el hecho de que estaba amarrado a la punta del campanario, sino que una especie de crisálida enorme parecía salirle espantosamente de la parte posterior del cráneo.

José Luis fue la primera víctima. Le siguieron muchas, muchísimas, más.

Los muertos empezaron a aparecer por decenas. Sus horribles siluetas podían verse por todos lados: en las copas de los árboles, en los techos de las casas, en los balcones; siempre en lugares altos. El pueblo olía a muerte y miedo.

La gente temerosa sin saber qué hacer se tornó al aislamiento voluntario. Familias enteras se encerraban en sus propiedades sólo para luego ser encontradas pudriéndose en el ático; todos con la horripilante abominación saliéndoles de la boca, de los ojos, o de la cabeza.

Después de unas semanas llegaron los soldados.

Los recibimos con muchísimo gusto. El gusto, sin embargo, nos duró hasta que empezaron a matar gente. Decían que estaban “infectados”. Cualquiera que encontraban en un lugar alto, podía darse por muerto.

Al puñado que quedamos nos encerraron en el hospital. Por varios días sólo escuchamos disparos. El miedo y la incertidumbre era tanto, que de no haber sido por mi esposa y nuestra hija, gustoso habría salido a encontrar la muerte.

Los soldados hablaban de polillas gigantes—de casi un metro de ala a ala—peludas, y oscuras. Se les veía asustados, incluso tal vez más que nosotros. Decían que las creaturas ponían sus huevos en los pastureros, que los animales en las granjas se convertían en portadores al comerlos, y que luego los parásitos pasaban a la gente a través de la carne infectada alojándose en el cerebro. Lo demás ya lo sabíamos: la víctima encontraba un lugar alto y apartado para morir. Aparentemente las malditas pupas temen ser enterradas vivas junto con sus víctimas.

Luego de unos días encontré con horror a mi esposa y a mi niña trepadas de las lámparas, completamente confundidas. No estaban solas, las acompañaban algunas personas. Gracias al cielo reaccionaron antes del cambio de guardia en aquella ocasión.

Nadie pudo explicarme su comportamiento; aparentemente no recordaban nada. Como médico hice lo que pude por ayudarles con los pocos medicamentos que dejaron los soldados, pero nada parecía funcionar. En las noches la situación empeoraba. ¡Se ponían como locos por treparse de nueva cuenta a las lámparas! Me era verdaderamente imposible contenerlos a todos, incluso mi hija era difícil de inmovilizar.

Una madrugada el sonido ensordecedor de los disparos me despertó abruptamente.

¡Los soldados le estaban disparando a las lámparas!

Con una angustia inconmensurable volteé para constatar que mi esposa y mi hija no estaban en sus bolsas de dormir; alguien tuvo que haberles ayudado a desamarrarse.

Corrí, grité, las busqué esquivando balas. El sonido de las armas, los gritos de la gente, el olor de la sangre… Después de la masacre quedé sólo yo abrazando a mi esposa y a nuestra hija.

Las polillas se llevaron a mi familia. Destruyeron mi vida.

¿Que cómo estoy aquí?

Después de un sinnúmero de pruebas médicas me soltaron. Buscaban una especie de proteína que produjera inmunidad. Era inútil. Me cansé de repetirles que no he comido carne por años, pero no estuvieron satisfechos hasta después de varios meses de observación.

Conozco la expresión de tu cara.

Sé que nadie me cree. Sé que piensan que estoy loco.

No los culpo. Cuando José Luis me contó de la polilla gigante que encontró en su bodega, yo tampoco le creí.

Hekanibru

1 Les presento al Cordyceps, el hongo parasítico:

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