El día más importante de mi vida

El día más importante de mi vida comenzó muy mal: yo, revolviéndome en la cama hecho un manojo de nervios al lado de mi apacible babby quien dormía plácidamente.

En mi mente una y otra vez se repetían dos diferentes escenarios ad infinitum: primero, yo parado con las rodillas casi golpeándose enfrente de dos doctores con caras severas en una pequeña oficina: ‘Lo sentimos Héctor, tu tesis tiene varios errores graves. Lo más que podemos ofrecerte es una maestría.’ Después, yo hincado enfrente de Cristina con un anillo en la mano: ‘No puedo casarme contigo Héctor. Lo lamento, es muy pronto.’

Así me dieron las 4 y media de la mañana hasta que por fin pude conciliar el sueño.

Desperté con un sentimiento de profunda tranquilidad hasta que recordé en dónde me encontraba.

‘Hoy es el día’ – me dije – y con un respiro hondo me levanté.

Mi desayuno se limitó a un raquítico tazón de cereal con yogurt que no me supo a nada. A las 10 de la mañana ya estábamos listos para salir, a pesar de habernos entretenido un ratito tomando fotos.

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Llegamos al Computing Laboratory como a las 10:10, y dado que la viva (la defensa de la tesis) empezaba hasta las 11, todavía tuvimos otra breve sesión de fotos enfrente del edificio.

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Es difícil describir lo que sentí al ver el anuncio de mi viva.

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Time of examination: ¡10 am!

Así es. La viva estaba programada para las 10 de la mañana, no las 11 como yo pensé. Honestamente por un momento estuve a punto de correr en pánico.

Afortunadamente tuve a bien respirar hondo y dirigirme al salón indicado con calma. Tenía que haber un error. Yo estaba seguro de que la viva era a las 11.

Ya se imaginarán mi angustia al darme cuenta de que ambos examinadores ya estaban en el salón.

‘Ah, ¡qué sorpresa! ¿Qué hacen aquí tan temprano?’ – fue lo único que se me ocurrió decir.
‘No, tú llegas 20 minutos tarde’ – contestó uno de ellos seriamente.

En ese momento, al darme cuenta de que había llegado tarde a la presentación más importante de mi vida, se me doblaron las piernas.

‘¡Pero Ian [mi supervisor] me dijo que era a las 11! ¡Tengo el correo que lo prueba! ¡¡Se los muestro!!’
‘No te preocupes’ – me dijo el examinador interno cambiando de tono – ‘¿al menos te tomaste todas las fotos que querías?’ – agregó sonriendo.

Quedé absorto ante la pregunta.

Resulta que minutos antes, dicho doctor anduvo buscando a alguno de mis compañeros de oficina para preguntarles por mí, ¡cuando me vio posando para la foto!

‘No podía creerlo cuando te vi’ – comentó jocosamente el doctor – ‘”¿Qué está pensando este tipo?” pensé, llega tarde a su viva ¡y todavía se toma el tiempo para la foto!’

Al final lo tomaron de la mejor manera ya que era evidente que había habido un malentendido. De hecho, me atrevo a decir incluso que todo el incidente fue más bien benéfico ya que se rompió el hielo inmediatamente entre bromas y risas.

Así pues, con casi media hora de retraso, comenzó mi viva.

Mi presentación fue corta y al grano: este es el problema, esto es por qué importa, esto es lo que había antes de mi tesis, estas son mis contribuciones, esto es lo que falta por hacer, bye.

Una vez concluída la presentación comenzó la temible sesión de preguntas y respuestas.

Por fortuna prácticamente todas las preguntas estuvieron sencillas de responder. De hecho, algunas estuvieron demasiado sencillas, ameritando casi casi un sape bien dado. Sólo hubo una que se me complicó un poco, pero al final pude contestar todo satisfactoriamente.

Después de unas dos horas de haber comenzado la presentación me encontraba felizmente celebrando en mi oficina con Cristina y mis amigos del departamento.

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La dicha, sin embargo, fue efímera, ya que de repente sentí el anillo de compromiso en mi bolsillo. El día aún no terminaba.

*

Después del brindis en la oficina, Cristina, mis amigos del departamento, el examinador externo, y yo nos fuimos a almorzar unas ricas tapas. A pesar de lo apetitoso del menú, no pude más que medio comer: Cristina estaba sentada enfrente del más peculiar e inoportuno del grupo. Casi podía escucharlo preguntar ‘¿Ya te preguntó Héctor si quieres casarte con él?’

Después del interminable almuerzo nos dirigimos brevemente a St John’s para dejar nuestras cosas. Días antes le había comentado casualmente a Cristina que estaría muy bien dar un paseo romántico por la ciudad después de mi viva. Como uno de los lugares a visitar propuse el auditorio de Magdalen College, que es precisamente en donde hace más de dos años, el 29 de febrero de 2008, nos conocimos.

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Llegamos a Magdalen sin mayores contratiempos.

‘¿Sabes qué estaría genial chiquita? ¡Que nos dejaran pasar al auditorio!’ – le comenté inocentemente.
‘Pues sí, pero ya sabes cómo son. La verdad no creo que quieran’ – me contestó, haciendo evidente que no tenía ni idea de lo que le esperaba.

Varias semanas antes contacté a una amiga que es miembro de Magdalen. Ella habló con los porteros y la responsable del auditorio para que nos dejaran pasar, así que, de hecho, nos estaban esperando. Además, en la mañana otro amigo me hizo el favor de dejar unas rosas en el escenario. Todo estaba listo.

‘Buenas tardes, me preguntaba si podrían ser tan amables de dejarnos pasar al auditorio’ – le dije al portero con una mirada que decía mucho más.
‘Claro que sí, pasen por aquí’ – me contestó mientras recogía las llaves, ante la mirada atónita de Cristina.

Rumbo al auditorio me di cuenta de que Cristina comenzaba a sospechar algo; es cierto que los porteros en Oxford no son famosos por su amabilidad. Para evitar que su mente volara más de lo debido, le dije que este era su regalo de aniversario (que había pasado tan sólo días antes, mientras aún nos encontrábamos de cada lado del Atlántico). Inmediatamente se emocionó y me agradeció con lágrimas en los ojos.

Llegando al auditorio revivimos cada detalle del día en que nos conocimos. Le mostré el asiento en la tercera fila en donde estaba sentado cuando la vi por primera vez. Le conté cómo había quedado prendido de su carita y de su preciosa voz. Le dije que habían sido los dos años más felices de mi vida.

Luego subimos a la parte alta del auditorio, al lugar preciso en donde le pregunté su nombre.

‘Ah mira, ¿qué hay ahí?’ – le dije señalando las rosas en el escenario con la mirada.

Bajamos por ellas mientras ella se deshacía en lágrimas de nueva cuenta.

Ella todavía no terminaba de leer la tarjeta cuando comencé a hincarme con el anillo en la mano.

‘Chiquita, I want to show you and the whole world how much this relationship means to me, how badly I want to spend the rest of my life with you, how much I believe in us.

Babby, ¿quieres ser mi esposa?’

Nunca se me va a olvidar su expresión de sorpresa, esos ojotes casi saliéndosele del rostro.

‘Of course! Of course!’ – me dijo llorando.

Nirvana. La tonelada de ansiedad que venía cargando desde hacía semanas se evaporó de repente.

No sé cuánto tiempo permanecimos abrazados llorando envueltos por una alegría inconmensurable. El día más importante de mi vida se convertía también en el más feliz.

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Continuamos nuestro paseo como prometidos. Ella, como niñita con juguete nuevo, no podía quitarle la vista de encima a su anillo, que a pesar de lo nublado del día brillaba con destellos multicolores. Yo iba en una nube, simplemente no podía creer mi suerte.

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El broche de oro del día fue la celebración con todos mis amigos en la noche. La gran mayoría sabían que el plan no era sólo celebrar mi doctorado, así que las felicitaciones se duplicaron. No sé cuántos tragos me invitaron uno detrás del otro. Al final se juntaron como 30 personas. Éramos tantos que tuvimos que cambiarnos de lugar ¡dos veces! Me la pasé increíble, qué mejor forma de terminar el día.

Definitivamente el 12 de abril de 2010 es un día que quedará tatuado en mi memoria para toda la vida.

Hekanibru

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