El problema del Cambio

Four Elements por Matt Myers.

Corría el año 510 A.C. y en alguna colonia griega del sur de Italia el pequeño Parménides veía la luz.

En aquellos días el mundo de la filosofía estaba marcado por los primeros filósofos de Grecia (i.e., los filósofos de la naturaleza). Estos señores (desgraciadamente parece ser que no hubo señoras :() se centraron principalmente en el estudio de la naturaleza y sus procesos. A pesar de las múltiples corrientes que surgieron de su pensamiento, estaban de acuerdo en algo: “Nada puede surgir de la nada”, es decir, que “algo” había existido siempre. A través de los años y con la llegada de los tres grandes filósofos de Mileto (Tales, Anaximandro, y Anaxímenes) se llegó a la conclusión de que tenía que haber una sola materia prima que fuera el origen de todos los cambios de la naturaleza: tenía que haber algo de lo que todo procedía y a lo que todo volvía.

Con base en esta hipótesis, la cuestión más importante fue el descubrir cómo era posible que esa materia prima eterna se convirtiera en todo lo que vemos, en el agua que bebemos, y en la carne que comemos. A este problema se le conoce como el problema del cambio.

Pues bien, Parménides se centró en este problema y llegó a una curiosa conclusión: “Nada cambia”. Según él, algo que existe no se puede convertir en algo diferente. Él mismo sabía que la naturaleza muestra cambios constantes, pero su razón los desdeñó ya que decía que nuestros sentidos nos engañan y que en realidad todo está tal y como fue creado.

Por el otro lado (en todo el significado de la frase), con treinta primaveras más, don Heráclito decía exactamente lo contrario desde su jacalito en Éfeso: “Todo fluye”. Todo está en movimiento y nada dura eternamente. Según él, la naturaleza es un conjunto de contradicciones y todo está en constante cambio.

Como podrán ver, difícilmente dos personas podrían estar más en desacuerdo. Analicemos la situación a través de la dialéctica de Hegel (tesis vs. antítesis resulta en una síntesis):

En esta esquina, defendiendo a la razón con pantaloncillo azul, directamente desde Elea, Parménides y su tesis: ¡nada cambia!

Y en esta otra, defendiendo a los sentidos con pantaloncillo rojo, directamente desde Éfeso, Heráclito y su antítesis: ¡todo fluye!

¿A alguno de ustedes se le ocurre una síntesis?

Está complicado ¿no lo creen? Especialmente si consideramos lo limitado de las herramientas con las que contaban. La mente era (y sigue siendo) la más poderosa, sin embargo en aquellos tiempos era también la única.

Para darle cabida a esta confrontación de ideas, llamemos como juez y réferi, directamente desde Sicilia, ¡a Empédocles!

No fue hasta que él llegó, que se lograron sintetizar las ideas de Parménides y Heráclito. Fue él que con nada más que su mente llegó a ponerle fin a este relajo filosófico. Pero ¡¿cómo, Dios mío?! (cooperen con la emoción).

Pues opinaba que tanto Parménides como Heráclito tenían razón en una de sus afirmaciones, pero que los dos se equivocaban en una cosa. Empédocles pensaba que el gran desacuerdo se debía a que los filósofos habían dado por sentado que había un solo elemento. Porque de ser así, la diferencia entre lo que dice la razón y lo que perciben nuestros sentidos sería insuperable.

Simplemente genial.

De cualquier manera las cosas aún no estaban del todo bien, ya que Empédocles propuso sólo 4 elementos (¡si no los conocen están pelas!). Incluso por ahí surgió un tipo (Anaxágoras) que pensaba que había “algo de todo en todo”, es decir que, por ejemplo, había partes de madera en la leche y viceversa.

No fue hasta la llegada del gran Demócrito de la costera ciudad de Abdera que se resolvió este embrollo. Él estaba de acuerdo con Empédocles en que tenía que haber más de un elemento (pero no sólo 4). Después de mucho meditarlo formuló nada más y nada menos ¡la teoría atómica!

Él decía que las cosas no cambiaban realmente, por lo que tenía que haber pequeñas piezas indivisibles de lo que todo está formado, las llamó átomos. Estos tenían que ser eternos puesto que “nada surge de la nada” e inalterables puesto que “nada cambia”. Por otro lado tendrían que ser de muchísimas clases distintas, para que al unirse y desunirse formaran todo lo que existe, justificando así los cambios que perciben nuestros sentidos puesto que “todo fluye”.

Wow.

Es verdaderamente increíble de lo que somos capaces usando sólo la observación y la razón.

Como podemos ver, el concepto de átomo existe desde la Antigua Grecia, generado como una necesidad filosófica para solucionar el problema del cambio. Demócrito no contaba con toda la tecnología y conocimientos actuales; sin embargo, increíblemente la esencia de sus ideas—partículas indivisibles de las que todo está hecho—parece seguir teniendo validez aún en las teorías de la física moderna.

Hekanibru

Fuentes: [1], [2], [3].

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Bribriblibli dice:

    Añadiría que Demócrito al negar a Dios y presentar la materia como autocreada e integrada por átomos, fue censurado por Platón y sus obras fueron quemadas, de los setenta y tres libros que escribió el atomista de Abdea, solo se conocen algunos fragmentos sobre ética y otras Informaciones que han dado otros autores a través de los siglos.Este texto me ha servido de mucho para mi trabajo, estaba un poco perdida, muchas gracias ^^

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